Corfú  

 

Corfú

Corfú es una isla griega con un área de 593 km², es la mayor de las Islas Jónicas también conocidas como Heptonesos o Heptanísia, encontrándose en el mar jónico, muy próxima al Epiro en la costa continental, de cuya parte albanesa le separan sólo los 2 km del estrecho Norte de Kérkyra.

Su relieve es muy accidentado, si bien pueden distinguirse dos zonas: la septentrional, mucho más abrupta, donde se encuentra la máxima cumbre: el Monte Pantocrátor con 966 m de altitud. La zona meridional es considerablemente menos accidentada poseyendo algunas pequeñas llanuras.

Corfú no es precisamente la típica isla griega; es tierra helénica desde que se liberó de los turcos, sin embargo, también pasaron por ella venecianos y británicos; la cultura de Corfú es la síntesis de las cuatro. Se puede llegar a Corfú en barco desde Igoumenitsa y Patrás o en avión desde Atenas.

La ciudad de Corfú posee un buen puerto de aguas profundas cotidianamente visitado por los transbordadores y ferries que la comunican Brindisi y Bari en Italia y con Igoumenítsa y Patras en la Grecia peninsular. Posee así mismo un aeropuerto internacional y una excelente infraestructura hotelera. Otros atractivos turísticos son sus monumentos: iglesias bizantinas y latinas, ruinas de templos griegos y romanos, las fortalezas venecianas, etc.

Corfú estaba situada entre sus dos fortalezas. La ciudad tuvo que ser construida a una altura considerable. Ello explica las casas de seis plantas, inusuales en Grecia, donde se tiende la ropa en racimos como en Nápoles.

Caja de resonancia de un dialecto vivo, el barrio popular se apiña alrededor de la tetina roja de San Spiridon. Cuatro veces al año, la momia del santo patrón abandona la iglesia, de pie en su sarcófago, para pasearse por la ciudad al son de las letanías que provocan trances impresionantes.

Entre la mezcla de arquitectura italiana, francesa e inglesa, el barrio burgués rodea el césped de la Spianada, que sirve de campo para el único equipo de críquet de Grecia. Los cafés a la milanesa ocupan sus arcadas, diseñadas de forma idéntica por el arquitecto de la calle Rivoli de París.

Al atardecer, la volta, paseo nocturno, lleva a sus habitantes hasta la laguna, donde contemplan con cierta ternura el Convento de Vlahernes, que alza en medio de las aguas su campanario amarillo y blanco.

Más abajo se levanta un monasterio con frescos cenadores, rival de San Spiridon en el corazón de los habitantes. Algo más arriba, en una roca de picos peligrosos se alzan hacia el cielo las murallas medio derruidas del Angelokastro.

Al antiguo castillo bizantino, remodelado por los angevinos, se llega a través de un camino sinuoso que sostienen los muros de piedra y las raíces de los olivos. En lo alto la puerta está abierta. Se atraviesa una azotea, se pasa bajo un arco; el interior no es más que un laberinto de rocas que perfora la hierba como si de unos dientes de leche se tratara.

A la izquierda, una senda empinada conduce hasta una antigua cisterna que se convirtió en oratorio. Abajo se erige una capilla blanca. La vista es panorámica y magnífica, con unos picos que hacen temer un ataque inesperado.

En Agios Georgios uno puede bañarse y tomar el sol entre los acantilados de arena que parecen un montón de platos. Sobre la estrecha cornisa se acurrucan unos merenderos con vistas a los cerros verdes de la costa albanesa, a dos millas de distancia.

Los pueblos del interior viven de sus bellos vergeles. Sobre el cenador de sus casas con porches a veces se improvisan unos coros típicos acompañados de la danza ligera de dos violines.

El palacio neocorintio Achilleion fue elevado por la emperatriz Sisí al ideal griego de la belleza, Aquiles. Actualmente se ha convertido en casino. Pueden visitarse algunas salas, el despacho del emperador, y los jardines de exuberante vegetación.

Una carretera en pendiente sube hasta el sur, abriéndose paso entre el gentío y el barullo de las noches, bajo los campanarios. A la derecha, en las sendas de arena y pinos, las playas discretas se ofrecen a quienes quieren evitar el gentío de Glifada. Con unas buenas botas, puede observarse a las aves raras que viven en las orillas salobres del lago de Korisio.

Situada al sur de Corfú, la islita de Paxi puede recorrerse completa a pie. Está cubierta de árboles frutales, viñas y olivos. Su curiosidad más destacable es el puerto de Laka, que atrae a los yates y veleros de quienes conocen su encanto; sus casas están pintadas de añil o en tonos rojizos. Al sur de Paxi se encuentra el islote de Antipaxi, aún menos visitado.

Muy estrechamente relacionadas con el turismo se encuentran hoy las otras principales actividades económicas de Corfú; producción de vid y vinos, de aceitunas y aceite de oliva, limones, naranjos, etc., es decir, elementos básicos de la gastronomía típica que resulta uno de los tantos atractivos turísticos. No se debe marchar de Corfú sin haber comprado una cesta de kumquats confitados, unos cítricos chinos grandes como una nuez, de los que también se extrae un licor.

 

Atardecer en Corfú
 
 
 
 
       
 
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